Eran las 23:30 cuando el teléfono sonó de repente, sobresaltando al detective privado Robb Hudson.
Robb Hudson, era un detective barato, sin mucha motivación por su trabajo ya que en los últimos diez años, se había tornado en aburrido. él había sido agente de la CIA la organización más secreta y a la vez más admirada y nombrada del mundo. Había hecho misiones a lo largo de todos los puntos geográficos conflictivos del planeta, aunque también había hecho algunas cuestiones extraoficiales, como vender armas a las guerrillas, dar algún que otro soborno a algún presidente y ser una especie de mercenario al servicio de los más fuertes. Puede que su historial no fuese tan brillante como el de su compañero Stevenson, un camarada con todas las de la ley, pero aún así sentía que había hecho lo correcto. Al volver de su última misión de la India, su mujer, Nicole con la que llevaba desde hacía 25 años y que conocía desde que era pequeña porque se había criado -prácticamente- con su hermana Tracy, le pedía el divorcio alegando abandono del hogar y esas tonterías que dice una mujer que le ha sido infiel queriendo librarse así de la carga de conciencia por haber faltado a la lealtad de los votos matrimoniales. Para su sorpresa, Hudson no estaba muy sorprendido, ya que no es que no la quisiera sino que el mundo le había abierto los ojos de la realidad y por ello, el poco afecto que sentía por su patria y sus gentes se había tornado en indignación, pudor, dolor. Pero a raíz de su divorcio, todo fue mal en peor, le llevó a una espiral de drogas, alcohol y sexo ininterrumpido para poder llenar el vacío que sentía en su cama. Por mucho que pagara a prostitutas, por mucho que bebiera para olvidarla, no podía la había amado sobre todas las cosas, le había entregado su corazón, le había entregado todo lo que él era y mucho más, pero no bastó para ella. Por todos esas nuevas "aficiones" y por llegar tarde al trabajo, y por no cumplir con éxito sus misiones, la directora de la CIA, Elisabeth K Jenkins, había decidido despedirlo. Hudson, sin trabajo y sin perspectivas de un futuro mejor se dejó consumir por sus propios vicios, por su propia alma desgastada y cansada, hasta que conoció -la que ahora es su secretaria- Mimi, que le salvó de si mismo. No tenían una relación más allá de lo estrictamente profesional, pero para Hudson era más que suficiente. Se había sacado el título de detective por una página absurda de internet que daban todo tipo de licencias, y así comenzó su nueva vida.
Su "despacho" se encontraba situado en uno de lo barrios más pobres de Nueva York, en una zona demasiado alejada como para ser habitable, pero demasiado barata como para no comprar. Era un bloque de edificios anticuado, de ladrillo típicamente rojo, con los cimientos de hormigón. Estaba lleno de pintadas y con los cristales de los pisos superiores e inferiores rotos y, en algunas de ellas, las ventanas se encontraban tapiadas. No podía decirse que fuera un buen lugar, pero a Robb le encantaba su lugar de trabajo, solo por no tener que soportar la prepotencia de alguno de sus "colegas" de profesión.
El despacho estaba en la segunda planta, y constaba de un pequeño vestíbulo decorado de manera impersonal y fría, que servía de sala de espera para los clientes, decorado con unos sillones algo horteras y de colores demasiado chillones. Aunque hacía años, que nadie pisaba el lugar. Al final del vestíbulo se encontraba la centralita de la secretaria, encargada de recibir a los clientes y de contestar al teléfono. Lo único que había encima de su mesa de trabajo era un precioso cactus con un lacito rojo, cortesía de su ex pareja. A la izquierda de la centralita se encontraba el baño, muy bien equipado en caso de un grave apuro, y en la zona derecha estaba la puerta del despacho.
El despacho, no era muy grande, pero se podía trabajar perfectamente. Tenía poco mobiliario, sólo la mesa de caoba, la silla de madera , unos silloncitos bastante cucos, y una libreria llena de libros que nunca se habían leído... Posiblemente fueran regalos de navidad, olvidados en esa pequeña estantería. Estaba decorado por diplomas -en su mayoría falsos o robados- y un gran cuadro de James Dean en la pared izquierda.
Robb Hudson, se encontraba en su silla, dormitando tranquilamente cuando sonó el teléfono. Nada más oir el pitido, se sobresaltó y maldijo la hora en la que había contratado a Mimi.
Cuando Josh volvió al apartamento, entró de manera sigilosa. Quería darle una sorpresa a Lauren. En su mano, llevaba un ramo de flores, hechas exclusivamente con las flores que más le gustaban a ella -los tulipanes-. Se dirigió a la cocina para dejar la bolsa con la comida y con la botella de vino. Se llevaría una grata sorpresa cuando se despertara y viera que le había hecho la cena y le había comprado las flores. Josh, sonrió al pensar en la recompensa que le daría Lauren... Esa recompensa era su corazón y ver su rostro sonriendo ampliamente. Con esa idea, se colocó el delantal y empezo a cocinar.
A las 20:30 estaba todo listo y preparado, e iba siendo hora de ir a despertarla. Pero en el fondo de su mente, había una idea, había una sensación de peligro y de que todo estaba mal... Pero hizo caso omiso y fue directamente a la habitación. Al pegar la oreja contra la puerta, se quedo algo desconcertado, puesto que no se escuchaba ningún ruido en su interior.
-Cálmate Josh, seguro que se tomo los somníferos como hace siempre. No temas, abre la puerta y despiértala con sumo cuidado- se dijo con autoconvicción.
Giro el pomo de la puerta y... lo que vio hizo que su vida cambiara para el resto de su vida. ´
Lauren, estaba en la cama, con la cabeza colgando por un lateral de la cama. Su cuerpo, yacía inerte, sin vida. A su alrededor, habían botes de pastillas vacíos, y unos botellines de cerveza de los más baratos. Lentamente, y en estado de shock, Josh se acercó a su cama. Le tomó el pulso en el cuello, y confirmó lo que era inevitable, ella estaba muerta. Su cara, estaba violácea, y sus ojos, vacíos, le acusaban.
Josh, sin saber muy bien que hacer, gritó y lloró hasta que su cuerpo no dio para más. Le remordían tanto los sentimientos, que creyó volverse loco.
A las 22:30 y después de derrumbarse, se puso manos a la obra. Limpió la habitación, son suma presición y pulcritud. No quería que supieran que había estado en esa habitación esa misma noche. Poco después recogió la mesa y los platos. Y por último, con un pañuelo en mano, borró sus huellas dactilares de todas las cosas que había cogido y tocado. Definitivamente, Josh era un aficionado. Lo había hecho porque en las películas se hacía, no por otra cosa.
Y Josh, con la mirada fría y dura, llena de resentimiento hacia si mismo, se marchó. Dejando a Lauren, sin vida, en su habitación, Sin apenas mencionarlo a las autoridades, sin dar la cara, por miedo a que creyeran que había sido él.
Tuvieron que pasar varios días para que los vecinos se diesen cuenta de que la chica del segundo no salía ni entraba y no se escuchaba sino el propio silencio. La policía, alarmada por la llamada de los vecinos, fue al lugar del "crimen" y derribaron la puerta
En primera instancia, no sospecharon que hubiera entrado ni salido nadie del lugar, ni siquiera habían pruebas de que alguien hubiera estado allí.
Todo lo que encontraron, fue la nota de un novio llamado Josh, botes de pastillas y una rosa con espinas.
Pero en otra parte de la ciudad, en una oficina de poca monta, en uno de los barrios más pobres dominados por una pequeña mafia, un hombre, llamado Robb Hudson, recibió la llamada de un cliente anónimo que quería que encontrara al asesino de su novia. Lo que no sabía, era que ese detective, tenía muy malas pulgas y que no solía aceptar los casos de personas anónimas. Aunque por un extraño motivo, Robb, aceptó el caso. Y se sumergió en una espiral de drogas, narcotráfico, prostitución y armas, en la que sólo saldría ileso si utilizaba su cerebro.
Continuará.